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Sanar la relación con mamá desde la conciencia y el amor

Un espacio para sanar la relación con mamá con honestidad y conciencia


Hay una frase de Bert Hellinger que durante muchos años ha resonado profundamente en mí:


“Quien está en consonancia con su madre, brilla.”


Mujer reflexionando sobre sanar la relación con mamá y las heridas emocionales de la infancia

Y con el paso del tiempo he comprendido que esa consonancia no significa perfección.

No significa tener una relación ideal con mamá.

No significa olvidar el dolor, justificar lo vivido o negar nuestras heridas.


Significa algo mucho más profundo: mirar nuestra historia con verdad.


Soy terapeuta desde hace 27 años. A lo largo de mi vida profesional he continuado estudiando, actualizándome y aprendiendo para nutrir mi práctica y acompañar a otras personas en sus procesos. Pero hay algo que también he entendido con mucha humildad:


El trabajo personal nunca termina.


Porque, más allá de los títulos, la experiencia o el conocimiento, sigo siendo una mujer, una hija y un ser humano frente a situaciones de la vida, y esas situaciones muchas veces me ponen de frente lo que necesito sanar… Así que puedo decir con total honestidad que mi proceso de sanar con mamá aún no termina.


Durante mucho tiempo pensé, como muchas personas, que sanar era llegar a un punto donde ya no doliera nada, donde todo estuviera resuelto o donde finalmente pudiera decir: “Ya superé esto”.


Hoy pienso diferente… Sanar no es borrar la historia. Sanar es aprender a relacionarnos de otra manera con ella.


No se trata de culpar a mamá por todo lo que vivimos. Pero tampoco se trata de minimizar lo que nos marcó.


Se trata de mirar con honestidad aquellas conductas, pensamientos, miedos o vacíos que nacieron dentro de esa primera relación tan importante en nuestra vida.


Porque la relación con mamá deja huellas profundas: en nuestra autoestima, en la manera en que amamos, en cómo nos vinculamos con los demás, en lo que creemos merecer y hasta en la forma en que nos tratamos a nosotros mismos.


Desde la psicología del desarrollo y la teoría del apego, sabemos que el vínculo materno influye profundamente en la construcción del “yo”. Autores como John Bowlby y Donald Winnicott explicaban que la manera en que un niño es mirado, sostenido, validado o emocionalmente acompañado va formando su identidad interna.


Cómo influye mamá en nuestra vida emocional


El “yo” comienza a construirse en la infancia.


Se construye a través de experiencias, emociones, palabras, silencios y vínculos. A través de cómo fuimos amados, corregidos, escuchados o ignorados.


Un niño no nace pensando: “Soy valioso”, “soy suficiente” o “merece la pena existir”.


Eso se aprende emocionalmente en la relación con quienes nos cuidaron, especialmente con mamá, que suele ser el primer espejo emocional de la vida.


Por eso muchas veces el adulto que somos hoy sigue reaccionando desde heridas antiguas:


  • miedo al abandono,

  • necesidad de aprobación,

  • autoexigencia,

  • dificultad para poner límites,

  • culpa,

  • inseguridad

  • o desconexión emocional.


Y aunque el “yo” empieza a construirse en la infancia, nunca termina de construirse.


Seguimos transformándonos toda la vida.


Ahí es donde sanar cobra una importancia profunda.


Porque cuando comenzamos a sanar la relación con mamá —externa e internamente— podemos resignificar muchas de las experiencias que vivimos como dolorosas, difíciles o empobrecedoras.


Quiero decirte que resignificar no significa negar el dolor. Significa darle un nuevo sentido.


Significa dejar de mirar nuestra historia únicamente desde la herida y comenzar a verla también desde la conciencia, la comprensión y la responsabilidad adulta.


Cuando resignificamos nuestra historia, el “yo” también se resignifica.


La mujer o el hombre que hoy somos deja de estar completamente definido por lo que faltó, por lo que dolió o por lo que no recibió.


Y poco a poco comenzamos a construir una identidad más libre, más integrada y más consciente.


A veces descubrimos que seguimos buscando aprobación. O que nos cuesta poner límites. O que vivimos exigiéndonos demasiado. O que nos desconectamos emocionalmente para protegernos.


Y cuando comenzamos a observarnos con conciencia, entendemos que muchas de esas respuestas no aparecieron de la nada. Fueron maneras de adaptarnos emocionalmente desde muy pequeños.


Pero mirar eso no nos convierte en víctimas. Nos convierte en adultos responsables.


Para mí, sanar no es quedarme atrapada señalando el pasado. Es asumir con madurez que hoy me corresponde hacerme responsable de mi vida, de mis emociones y de la mujer que deseo ser.


También he aprendido que puedo mirar a mamá sin idealizarla. Sin justificar todo. Sin negar lo que dolió. Pero también sin vivir desde el juicio permanente.


Las madres también tienen historias. También fueron hijas. También cargan heridas, pérdidas, silencios y aprendizajes inconclusos.


Comprender eso no borra el dolor, pero sí transforma la manera en que lo sostenemos.


La conciencia con mamá, para mí, es dejar de vivir reaccionando desde la herida y empezar a mirarme con más verdad, más compasión y más responsabilidad.


Es entender que el amor adulto no nace de exigir que el pasado cambie, sino de elegir conscientemente qué hacemos hoy con nuestra historia.


Y quizás eso sea parte del verdadero proceso: volvernos cada día más coherentes con nosotros mismos.


Más presentes. Más libres. Más conscientes.


Creo que el deseo de sanar con mamá nace desde aquí, desde nuestra humanidad. No desde la perfección. No desde la superioridad. No desde “tener todo resuelto”.


Sino desde el deseo genuino de compartir, reflexionar y acompañar procesos humanos reales.


Sanar la relación con mamá es un proceso profundo que transforma nuestra identidad emocional.


Creo profundamente que cuando comenzamos a mirar nuestra historia con honestidad y amor consciente, algo dentro de nosotros empieza a ordenarse, a tomar sentido, a darnos fuerza y paz.


Y entonces empezamos a brillar.


Rosalinda Villa

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